Nunca pensó en ser médico, de hecho estudió Magisterio (la profesión de sus padres) por libre mientras cursaba Bachillerato. Hoy lamenta no haberlo terminado por una sola asignatura. Pero llegó la hora de elegir una carrera y escogió «la que menos me disgustaba». Alfredo Matilla Vicente (Rollán, Salamanca 1943) se jubila a finales de septiembre a sus 70 años de la función pública, donde ha ejercido múltiples cargos, entre ellos, jefe de servicio de Anatomía Patológica del Hospital Clínico Universitario de Málaga desde que abrió hace 25 años y director del registro de tumores. Pero se va por la puerta grande, pues el pasado mes de mayo recogió el Premio Nacional ‘Santiago Ramón y Cajal’ por su entregada labor asistencial, docente e investigadora, gran parte de la misma desarrollada como catedrático en la Universidad de Málaga y al frente de la Asociación Española contra el Cáncer. Pero su actividad como patólogo continuará en el ámbito privado, desarrollando un proyecto asistencial en el hospital Xanit, donde quiere crear una unidad docente y crear una fundación para potenciar la investigación.
-¿Va a haber un antes y un después con este galardón?
-El premio ha sido un reconocimiento unánime de todos los compañeros a nivel nacional y es de las cosas que más satisfacción me han producido, porque reconoce las tres facetas: asistencial, docente e investigadora. Ha sido muy gratificante que los que apostaron por mí dijeran: «Ha sido bastante fácil porque a ti te quieren mucho en toda España». En ese momento me acordé de mis padres, de mi familia y de toda la gente que me ayudó en su día. Hizo que me olvidase de muchas ingratitudes y, sin duda, ha sido un punto de inflexión personal.
-Algunas de las teorías que le valieron a Ramón y Cajal el Premio Nobel salieron de un sencillo microscopio, ¿cree que los avances científicos actuales son proporcionales a la disponibilidad de medios tecnológicos?
-Los avances científicos no siempre van unidos a la capacidad económica disponible en ese momento y sí al desarrollo metodológico. EE UU, en los años 70 diseñó un programa de inversión más grande que el de la Nasa creyendo que con dinero, en diez años, iba a tener resuelto el tema del cáncer y no ha sido así.
-¿Trabaja el científico demasiado presionado por conseguir resultados rápidos?
-La investigación que se hace en España se basa principalmente en aportaciones públicas, al contrario que en EE UU, donde son las empresas privadas. Si dependes de estas últimas tienes más presión, sobre todo en los ensayos clínicos, para conseguir resultados a corto plazo. A mí me parece que esto es malo, porque quizá se trasladan a la sociedad unas conclusiones que no se corresponden con la realidad, que no están del todo consolidadas. No obstante, reconozco que tiene una parte positiva: no permite que un problema se duerma. Los patólogos somos los grandes desconocidos de la sociedad, con poco renombre social y económico. Muchas de las cosas que hacemos los patólogos las explotan los oncólogos, que son quienes las valoran y tienen el trato con el enfermo a la hora de ponerle el tratamiento que corresponda.
-¿Cómo se lleva trabajar en un área que en muchas ocasiones es la antesala de una muerte anunciada?
-Nosotros disociamos entre la importancia de nuestro trabajo y la relevancia social que tiene. Afortunadamente, a los patólogos ya no nos preguntan eso de: «pato… qué». Ahora ya se sabe la trascendencia de la aplicación en el diagnóstico de enfermedades, porque llegamos más lejos, manipulamos la lesión y si es un tumor podemos saber cuál es su agresividad. Hablamos con escritos, realizamos actas notariales del proceso. Tenemos que concretarlo sin adjetivaciones. Es una responsabilidad muy grande, pues basándonos en el diagnóstico se van a generar unas perspectivas en una persona. Es duro, un reto que te obliga ser exigente con la calidad de lo que haces. El patólogo, a diferencia de un analista, integra los datos con los hallazgos morfológicos y moleculares para dar una información sobre la evolución y pronóstico de esa lesión, que concluye con la muerte, la curación o la remisión temporal de la enfermedad. A veces, el patólogo habla directamente con la familia y comprobar el impacto en el enfermo es muy duro. Yo lo he sufrido en familiares y colegas y he recurrido siempre a darles la versión más favorable.
Información objetiva
-En su opinión, ¿cree que cuanta más información se dé al enfermo es mejor?
-Sí, sin duda. El enfermo debe disponer de la máxima información dentro de la que él quiera tener, pero información objetiva. En el cáncer hay dos actitudes: quienes creen que no le va a tocar nunca y la opuesta, la hipocondriaca, que no valora en su justa medida las cosas.
-Y los profesionales, ¿saben comunicar este tipo de noticias?
-Hay profesionales que están bien preparados y otros, nada, aunque desde la universidad ya se les enseña cómo afrontar determinadas situaciones con asignaturas, como deontología médica. Una buena práctica es ser objetivo en la información que se transmite. A veces, el ciudadano interpreta mal ese ‘ocultismo’ de información del médico, que tiene que tener sensibilidad con el paciente y con la información que necesita conocer. Si no se la da, el paciente o la familia se pueden sentir desconcertados.
-¿Está cerca la curación del cáncer?
-El cuándo es difícil saberlo, pero sí se puede apuntar la etapa que puede ser decisiva. Será cuando con el estudio completo sepamos reconocer que una neoplasia o tumor va a tener la agresividad suficiente para dar metástasis. Ese día será clave.
-¿Se imaginó alguna vez en su larga carrera de investigador esta situación de casi mendicidad que sufre la ciencia en España?
-Jamás, pero esto no ha venido solo. Es consecuencia de una sociedad que se ha relajado en la transmisión de la cultura del esfuerzo y de la preparación. No obstante, soy optimista y estoy convencido de que estas depresiones sirven para rehabilitar los buenos principios y valores. Algunas cosas se perderán, pero las cosas buenas se van a potenciar en el momento en que se den las condiciones adecuadas, valorándolas mucho más. Hay gente con muy buenos proyectos y muy viables, pero no está en el circuito de las grandes dotaciones. Los recortes están impidiendo la continuidad de muchos estudios y están haciendo un daño terrible a la investigación. Esto sí que va a ser difícil de superar. Se pueden quedar en el camino muchos proyectos punteros, pero lo peor es que está impidiendo que salgan otros. El bache en educación y la cultura de investigación tardaremos varios quinquenios en superarlo. ¿Cómo va a salir un buen futbolista si le has quitado el balón? Cuando se lo devuelvas a los 30 años ya será tarde. ¡Esto es indignante! Los recortes en investigación son como quitarle ese balón a un buen futbolista
-¿Cree que la Universidad peca de academicista?
-Nunca hemos tenido mejores estudiantes a nivel intelectual pero, salvo excepciones, solo quieren aprobar la asignatura y no consigues conectar con ellos y eso es porque falla la concepción de la Universidad. Ésta tiene que dar salida a problemas de la sociedad y no al revés; tiene que valer, tener un sentido utilitarista. La Universidad tiene que elevar la capacidad de análisis y pensamiento crítico, esto es más importante que el academicismo estúpido. Primero por la estructura de la Universidad, pues creo que debería tener un consejo de administración, una dirección económica independiente de la académica, porque aquí se mezcla todo. El profesorado debe ser empleado de la sociedad y ser sensible a los cambios que se producen en ella. Además, la docencia tiene que ejercerse para generar un espacio de reflexión y para ello los profesores deben ser profesionales con experiencia.
-¿Qué es de lo que se siente más orgulloso de su trayectoria profesional?
-De ser coherente y consecuente con las circunstancias y de haber aplicado la inteligencia ejecutiva. La capacidad intelectual se mide, bien a través de un test, de la inteligencia acumulativa o de la inteligencia ejecutiva, que se calcula por la capacidad que uno tiene de adaptarse a nuevas situaciones en positivo y de aprender de la adversidad.
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