Oviedo, Eduardo GARCÍA
Los miles de equipos bioquímicos y de biología molecular que trabajan hoy en laboratorios de todo el mundo indagando en las claves de la vida, en los secretos del genoma, tienen un tronco común nacido en Asturias. Severo Ochoa se apagó ayer hizo veinte años, un 2 de noviembre de 1993, en la clínica madrileña de La Concepción, en el silencio que lo definió en vida, con la elegancia de un caballero de la ciencia; sin visitas y en penumbra, con calma y consciente. Y con música de ópera en su compact-disc.
Veinte años sin el mayor científico que ha dado España, junto a Ramón y Cajal. Veinte años sin el Nobel que logró demostrar la síntesis del ARN, uno de los grandes descubrimientos científicos del siglo XX.
La muerte de Severo Ochoa, luarqués universal, ciudadano español y norteamericano, y Premio Nobel de Fisiología y Medicina en 1959 coincidió con uno de los ridículos institucionales más notorios de esta Asturias contemporánea. La soledad del fallecimiento en la habitación 5 C del hospital en Madrid fue producto de la voluntad del científico, al que las fuerzas comenzaron a faltarle mucho tiempo atrás, cuando en 1986 falleció su esposa, Carmen García Cobián. Pero la soledad del viaje, en furgón funerario desde Madrid a Luarca, sin el más mínimo acompañamiento, hay que apuntárselo a la desidia política, esa que aún nos acompaña dos décadas después.
El conductor de la funeraria paró a comer en un restaurante al pie de La Espina, y allí esperó el coche, cargado de coronas de flores y en el parking. Dentro, un científico de fama universal. Y Asturias, sin enterarse. La foto del furgón en soledad a las puertas del establecimiento hostelero, publicada por LA NUEVA ESPAÑA, se hizo famosa, símbolo del cainismo de una tierra que demoniza y ridiculiza el fracaso y relativiza y pone sordina al éxito ajeno.
¿Falta de agilidad política? Sin duda, pero los pocos reflejos no explican por sí mismos el brutal déficit de sensibilidad hacia un hombre sabio. El sepelio en Luarca fue presidido por un secretario de Estado. Inaudito. El ministro de Educación y Ciencia era Gustavo Suárez Pertierra. El editorial de este periódico del día 4 de noviembre no se mordía la lengua:
“Si alguna representación institucional merece una crítica contundente es la del Estado español. Que la del Gobierno en los actos del sepelio se haya limitado a un secretario de Estado es inexplicable. Y que ese alto funcionario reemplazase a un ministro de Educación y Ciencia, que es asturiano, resulta sencillamente vergonzoso”.
Unos días más tarde el entonces rector de la Universidad de Oviedo, Santiago Gascón, recordaba en estas mismas páginas una anécdota que explica la dedicación de Ochoa a su área de investigación: “Cuando Severo Ochoa era director del Departamento de Farmacología en Nueva York, el premio Nobel sir Henry Dale le preguntó cuál era su hobby, a lo que contestó Ochoa sin titubear: la Bioquímica”.
Discípulo y después maestro de premios Nobel (comparte el premio en 1959 con uno de sus discípulos aventajados, Arthur Kornberg) los descubrimientos de Ochoa están en la base de todos los avances en bioquímica de los últimos 60 años, pero la importancia de Severo Ochoa no se reduce al desciframiento del código genético.
En aquel artículo de Santiago Gascón publicado cuatro días después de la muerte del científico luarqués, se destaca el impacto de otras investigaciones de Ochoa, oscurecidas por su gran aportación genética, pero también su capacidad para crear escuela, su esfuerzo para motivar, su amor por Asturias, la tierra natal que abandonó pronto tras la prematura muerte de su padre, su empuje personal para la creación del Centro de Biología Molecular, en Madrid, que data de 1971, y su enorme capacidad, en palabras de Gascón, como “propagandista infatigable de la importancia de la ciencia”.
Severo Ochoa habría observado con pavor la situación actual de la investigación científica en España, con decenas de miles de investigadores en la más absoluta precariedad laboral, recortes presupuestarios, laboratorios con futuro incierto, universidades deprimidas y programas científicos en el aire, por no hablar del éxodo de jóvenes talentos.
Él se marchó de España en septiembre de 1936. Trabajó en Alemania y en el Reino Unido antes de afincarse en los Estados Unidos. Su llegada a la Universidad de Nueva York en 1945 marca el inicio de unos años fecundos, de trabajo absorbente que le conducen al peldaño más alto del prestigio investigador.
En la década de los setenta compartió trabajo entre el Instituto Roche, de New Jersey, y el Centro de Biología Molecular (CBM) que se lleva su nombre, en Madrid. Se jubila en la Universidad de Nueva York en 1975, se empadrona en España diez años más tarde, ya cumplidos los 80 años.
La creación del CBM es “cosa” de Ochoa, un centro que él puso como condición para su regreso a España. Pero desde que en 1968 Ochoa y el entonces ministro de Educación y Ciencia, Villar Palasí, acuerdan la creación del instituto investigador, hasta que los entonces príncipes Juan Carlos y Sofía lo inauguran en 1975, pasa largo tiempo y muchas vicisitudes políticas.
Su presencia en el laboratorio del CBM era habitual, pero la vida le tenía preparada una trampa: a los pocos meses de afincarse en Madrid muere su esposa Carmen, la mujer que le había acompañado 55 años.
Aquel agnóstico acostumbrado a observar los resortes íntimos de la vida a través del microscopio, se quedó solo, profunda y definitivamente solo, aunque en modo alguno inactivo. Y en un país que aún era un páramo científico. Decía Ochoa que “la situación de la ciencia en España va mejorando muy poquito a poco, pero vamos tan detrás de las naciones avanzadas que me temo que siempre estaremos a la cola”.
En parte se equivocó, pero gracias a él. Su discípula Margarita Salas afirmaba con motivo de los actos del centenario, en 2005, que “sin la aportación de Ochoa la ciencia en España hubiera tenido un desarrollo mucho más tardío”.
Ochoa, científico de “hallazgos determinantes en la evolución de la biología molecular”, a juicio del catedrático de Bioquímica, Carlos López Otín, supo dar aliento a los cursos avilesinos de La Granda y a los premios Príncipe de Asturias. El sabio que defendía el conocimiento como vía para “elevar nuestra categoría como seres humanos”, siempre fue ejemplo. Su discípulo César Nombela valoraba su “capacidad para admirarse ante el misterio” de la ciencia, El economista Juan Velarde lo definió como “un ser único en el mundo de la ciencia”. Santiago Grisolía, su primer discípulo en Nueva York, fijó en cuatro palabras el perfil del Nobel: “Calidad, elegancia, honestidad y entusiasmo”. Veinte años sin sus inteligentes silencios, sin su tesón y sus lealtades. La vida sigue, la ciencia, renquea.
Article source: http://www.lne.es/sociedad-cultura/2013/11/03/veinte-anos-asturiano-excepcional/1493588.html
