mar 242014
 


Andrés Ordiz Investigador en la Norwegian University of Life Sciences, Noruega

En 2007, las revistas científicas “Nature” y “Science “recibían el Premio “Príncipe de Asturias” de Comunicación y Humanidades. El acta destacaba su calidad como canales de comunicación y divulgación de la mejor investigación científica, acercando los resultados de la ciencia a la vida. Por tanto, parece justificado que, más allá de premios, los contenidos de “Nature” y “Science” sean tenidos en cuenta en la vida cotidiana. Un ejemplo cercano sería la incorporación del conocimiento científico a las decisiones de conservación y gestión de nuestros recursos naturales.

El papel ecológico de grandes carnívoros como lobos, osos y grandes félidos en la naturaleza es un tema recurrente en “Nature” y “Science”, entre otras revistas científicas. Se trata de especies esquivas, sus poblaciones son pequeñas y sin embargo juegan una función ecológica clave. A través de la depredación, los carnívoros regulan densidades de presas, favorecen la presencia de especies carroñeras y la recuperación de la vegetación y su fauna asociada. La depredación genera biodiversidad, es decir, riqueza de especies e interacciones entre ellas, equilibrando los ecosistemas. Paradójicamente, muchas de estas funciones se han puesto en evidencia como consecuencia de la desaparición de los grandes carnívoros en amplias zonas de su área de distribución histórica, tras una intensa persecución humana. Así se recoge en numerosos artículos científicos y con una especie concreta como protagonista más habitual: el lobo.

Reconociendo esa función ecológica clave, en algunos países europeos se está valorando la posibilidad de reintroducir el lobo para restaurar ecosistemas, y en Norteamérica se han hecho esfuerzos para su recuperación tras décadas de persecución intensa. En España, sin embargo, el lobo es la única especie de gran carnívoro aún considerada cinegética o sometida a “control poblacional” (control letal), a diferencia de osos, linces o grandes rapaces. La mortalidad inducida por el hombre es una gran amenaza para los lobos, pero además altera su estructura social y limita su funcionalidad ecológica. Como expresan esos artículos científicos, los grandes carnívoros son más que meros números, con complejas relaciones sociales de las que dependen su supervivencia y su papel en la naturaleza.

La gestión del lobo en España sigue sin contemplar en absoluto su importancia para la estabilidad ecológica. Recientemente han sido sometidas a exposición pública las renovaciones de los Planes de Gestión del lobo en Asturias y en Castilla y León. Ambos se apoyan en la caza de lobos, bien sea mediante “controles” o por explotación cinegética, como principal -casi exclusiva- herramienta de gestión. Esto a pesar de procesos judiciales e informes periciales que alarman sobre la falta de justificación del número de lobos a abatir. Los planes sugieren que los ataques de lobo amenazan la viabilidad del sector ganadero, mientras los datos disponibles evidencian con rotundidad que eso no es así. Los documentos aspiran a que el lobo sea compatible con las explotaciones agrarias e incluso se convierta en un elemento al servicio del desarrollo rural. Sin embargo, no se establece ningún requisito para que las actividades humanas puedan ser consideradas compatibles con la conservación de la especie y su función en los ecosistemas. Es decir, se ignoran los contenidos de “Nature”, “Science” y otras fuentes, que insisten en que los grandes carnívoros deben ser conservados teniendo en cuenta su papel irremplazable en la naturaleza.

Conservar grandes carnívoros en ambientes humanizados es un reto complicado que requiere compromisos, pero hasta ahora no se ha hecho esfuerzo alguno por afrontar este asunto de manera lógica y basada en la ciencia. Los espacios con figuras de protección ambiental, muy especialmente los parques nacionales, deberían dar ejemplo de conservación de especies y funcionalidad de los ecosistemas; todo lo contrario de lo que sucede en Picos de Europa, por ejemplo, donde la gestión se basa en presiones e intereses particulares y/o políticos. Matar depredadores incluso puede llegar a generar efectos negativos desde una perspectiva de gestión (aumento de daños al ganado), tras romper su estructura social. Esto se ha documentado tanto para el lobo como para pumas, glotones, dingos?, por poner ejemplos de varios continentes. Son necesarias otras medidas de gestión, como la conservación de las formaciones vegetales que, incluyendo al denostado matorral, proveen refugio frente a actividades humanas, así como una correcta protección del ganado. Matar depredadores debería ser una excepción sólo aplicable cuando ganaderos que cuidan de su ganado con profesionalidad se vean repetidamente afectados por daños.

Leer y publicar artículos científicos forma parte del trabajo de los investigadores y entiendo que leerlos y aplicarlos compete a los gestores. Dos artículos recientes publicados en “Science” destacan que la persecución de los grandes carnívoros es uno de los impactos más severos del hombre en la naturaleza. Ambos señalan también que las decisiones de conservación deben tener presente la función ecológica de los carnívoros y las consecuencias, incluso económicas, de su pérdida. Además, se trata de una cuestión urgente; la Biología de la Conservación nació como una disciplina con fecha de caducidad por el ritmo de deterioro que el hombre causa en la naturaleza.

Si aspiramos a ser coherentes, las premiadas “Nature” y “Science” no deberían ser ignoradas ni, tal vez, acabar en la papelera tras una lectura anecdótica. Debemos dejar de derrochar tiempo y recursos, naturales y económicos, e incorporar la ciencia como base de la gestión de nuestro patrimonio natural. El actual vicepresidente de honor de la Fundación que concede los Premios “Príncipe de Asturias” y que ejerce de presidente del Gobierno regional podría abogar por esa incorporación. Si no, ¿por qué las premiamos?

Noticias Agibilis

Article source: http://www.lne.es/opinion/2014/03/23/brindis-sol/1560746.html

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