mar 082014
 

Mi primer trabajo fue hacer la tesis doctoral, aunque no sé si eso se considera un trabajo“, recuerda Margarita Salas, mitad irónica, mitad sinceridad científica, una de las más prestigiosas investigadoras españolas. Al terminar la tesis, esta especialista en biología molecular se marchó a Nueva York a trabajar en el laboratorio de Severo Ochoa y meses después volvió a España, como colaboradora científica del CSIC, cobrando 500 pesetas al mes. De aquellas batallas a principios de los años 60, Salas recuerda las “poquísimas mujeres que había en investigación” y que sólo pudo regresar a su país para trabajar gracias a la ayuda económica que le dio una fundación de Estados Unidos .

“Pude trabajar en España por la ayuda económica que me dio una fundación de EEUU”, recuerda Margarita Salas.

El primer trabajo de María Blasco fue el mismo que el de Salas, pero 20 años después. “Empecé a cobrar del CSIC unos 6 meses después de sacar la plaza, mi primer salario vino de la Asociación Americana de la Leucemia, que aceptó seguir pagando mi beca en España durante esos meses. El salario era de unos 1800 dolares al mes”, recuerda Blasco, referente en investigación oncológica.

“En mi primer trabajo yo era la jefa. Aprendí a dirigir un equipo de gente y que había que ser capaz de comunicar bien lo que se hacia (…). Y algo muy importante, no estaba sola, era parte de una comunidad de colegas“, recalca Blasco.

“Si eres mujer no te puedes presentar al puesto”

“Las mujeres no podían presentarse a la oposición de interventores de Hacienda”

Otras mujeres no pudieron estudiar porque el bolsillo no daba de sí. Es el caso de Consuelo Raya, que no terminó Químicas. “Sólo estudié un año, lo tuve que dejar para que mi hermano, más pequeño, fuera médico“, cuenta esta mujer de 92 años, hija adoptiva de Madrid, de corazón sevillana.

Como en su casa no había dinero para dos carreras, ella se presentó a la oposición de contadores del Estado -bastaba con tener el bachiller superior- y aprobó. “Salieron dos plazas vacantes, una para mí y la otra para el que sería mi futuro marido”, ríe, rejuvenecida de golpe. Ganaba 1.000 pesetas al mes. Años después, su marido, que sí tenía un título universitario, aprobó la oposición de interventor de Hacienda. “Las mujeres no se podían presentar a esa oposición, aunque tuvieran una carrera” recalca, indignada. Después de casarse, Consuelo pidió la excedencia y no volvió a trabajar.

De paraísos perdidos y carteras rurales

El paraíso perdido de Hilda Farfante es una clase hecha de niños que cantan. “Creo que a mí incluso me concibieron en una escuela rural. Allí aprendí a hablar, a andar. Vivíamos en el piso de arriba”, recuerda Hilda, de 82 años.

“Cuando empecé a trabajar en la oficina de Correos la clasificación de cartas sólo podían hacerla los hombres”.

“Siempre seré una maestra. Eso es algo que se queda de por vida”, dice esta asturiana con la voz rota de golpe al recordar a su madre, maestra de la República. “Ella venía de una casa muy humilde pero consiguió independizarse, dar clase e incluso dirigir colegios“. A su madre y a su padre, también maestro, los mataron en el 36 por cometer la rebeldía de enseñar.

Hilda se fue a Madrid y allí estudio magisterio y aprobó la oposición. “Aunque el primer trabajo por el que me pagaron fue en un hotel del puerto de Navacerrada, al que iba los fines de semana. Hacía de camarera, de de cajera, de todo”. Mucho después, casada y con cinco hijos, terminó magisterio, por las tardes.

Blanca Quiroga lleva a su pueblo tan metido dentro que se llama como él. Tenía 19 años cuando sacó la plaza de cartera, en 1969. Después de unos meses en Barcelona, -la mitad de su sueldo se le iba en pagar la habitación donde vivía, – la morriña la devolvió a Quiroga, provincia de Lugo.

Cuando entré, la clasificación de cartas sólo podían hacerla los hombres. Las mujeres ocupaban sobre todo los trabajos de cara al público”. Ella se quedó en su primer trabajo toda la vida, aunque fue ascendiendo. “Lo que más me gustaba era el contacto con la gente. Los carteros, al menos antes, éramos más que una persona que estaba detrás de un mostrador“, recuerda, ya jubilada.

Bailarinas que serán actrices y abogadas luchadoras

El primer trabajo de María Luisa Merlo fue encima de unas tablas, pero su arma no era la voz. “Con 15 años recién cumplidos fui la primera bailarina del Teatro de la Ópera de Verona”, cuenta la actriz, con huellas de elegancia en los gestos de su brazo, en la rectitud del cuello. “Estudiaba ballet desde los 10 años. Durante seis meses recorrimos Europa. Era la primera vez que salía de España“, rememoran sus ojos de niña inocente. Corría el año 1972 y le pagaban 350 pesetas cada día que se ponía las puntas.

“Con 15 años era la primera bailarina del Teatro de la Ópera de Verona”, cuenta la actriz María Luisa Merlo.

Lola Herrera también empezó a trabajar con 15 años, en Radio Valladolid. “Era el comodín. Trabajaba en los programas, leía las cartas que escribían los oyentes, cantaba…”, cuenta la actriz.. “Aprendí mucho en la radio. Me dí cuenta de todo lo que no sabía“, resume.

También había cosas que Nuria Beltrán desconocía cuando empezó a trabajar en un despacho laboralista, en 1977, en Mataró (Barcelona). “Supe que me llamaban ‘Heidi’ por mi juventud“, cuenta esta abogada. “Algunos de mis clientes me preguntaban “Señorita, ¿no me sería posible entrevistarme con su señor padre?” En su ciudad natal, las togas del Colegio de Abogados eran “demasiado grandes” para su estatura y “demasiado estrechas para la monumental barriga de mi primer embarazo”.

Inmaculada Idañez, agricultora de “40 y tantos”,empezó a cargar cajas de tomates con sólo 5 años. “Llegaba del colegio y me ponía la ropa de trabajar”, recuerda. “Las primeras veces que cobré, era por días. Eran los años 90 y a las mujeres se les pagaba mucho menos, porque éramos menos fuertes que los hombres. Y eso que, en el campo, no todo es cuestión de fuerza”, dice.

Nuria March, responsable de una de las agencia de comunicación de moda más importante de España, comenzó a trabajar como modelo pero a los 28 años dio el salto al mundo de las relaciones públicas. March confiesa que en aquel primer contacto “todo parecía agradable” hasta que se dio cuenta de “la competencia, las envidias y la falta de compañerismo“. Aquello le sirvió para hacerse más fuerte .“La experiencia es un grado y la seguridad de los años es infranqueable“, asegura.

Hijas de la duda

Elena Arenal es enfermera y, con 26 años, ya ha pisado varios hospitales, incluso en más de un país. Su primer trabajo fue en una Unidad de Reanimación Post Quirúrgica, en un Hospital público de la Comunidad de Madrid.

“No hay que conformarse con cobrar menos de lo que se debe”, dice Begoña Sot, investigadora de 38 años.

“Entré en verano, que es la única época en la que tenemos trabajo casi asegurado, para cubrir las vacaciones de verano de nuestras compañeras. Tuve suerte y me quedé allí durante 2 años y medio”, recuerda.

No es la única hija de la precariedad. Carmen Lloreda, abogada, se estrenó en el mundo laboral en la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR). “Eran unas prácticas pero me sirvieron para abrirme los ojos ante la cantidad de conflictos que hay en el mundo“, explica. Carmen ayudaba a tramitar los casos de posible refugio.

No hay que conformarse con cobrar menos de lo que se debe“, coincide Begoña Sot, de 38 años, investigadora. Ella empezó con una beca de doctorado por la que ni siquiera cotizaba a la Seguridad Social y subraya que, aunque en el laboratorio hay igualdad, “en los puestos de catedráticos y jefes de grupo hay una mayoría de hombres”.

Hay muchas mujeres que no aparecen en este artículo. Pueden llamarse María, Isabel, Teresa, Clara. Muchas están esperando una llamada o una oportunidad. Algunas serán despedidas hoy y las más idealistas andarán corriendo detrás de un sueño. Todas recordarán cómo fue su primer trabajo.

Noticias Agibilis

Article source: http://www.elmundo.es/espana/2014/03/08/531a00f6ca4741626d8b4587.html

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