feb 172014
 

En el artículo anterior les indicaba que con la palabra “protocolo notarial” designamos los profesionales los documentos encuadernados y numerados que formalizamos a lo largo de nuestro ejercicio en una plaza. Hace algunos años los historiadores han observado que los datos contenidos en esos documentos podían servir para conocer con más exactitud las costumbres y los valores de una sociedad determinada. La investigación científica va, desde el estudio de la espiritualidad a través de las cláusulas testamentarias, hasta el análisis del mobiliario existente en una determinada época por medio de los inventarios hereditarios.

Hoy toca hablar de los documentos; y si queremos que esta nueva tribuna tenga alguna actualidad, les propongo como tema de reflexión el siguiente: ¿qué nos dicen estos documentos de los cambios producidos en nuestra sociedad en los últimos veinticinco años, es decir, en el transcurso de una generación?

Muchas cosas, pero me voy a limitar a tres.

El primero de los cambios que observamos afecta directamente al origen de los comparecientes. La sociedad que teníamos a principios del último cuarto de siglo es una sociedad estática en la que los sujetos son generalmente personas que viven o que han nacido en nuestro territorio. Sin embargo, en los últimos tiempos, la nacionalidad y la procedencia de nuestros comparecientes se ha ido ampliando con los grupos más diversos, que van desde los sudamericanos a los africanos y asiáticos. Vayan ustedes a una notaría, permanezcan en ella una mañana, no hace falta más, y podrán encontrarse con las etnias más dispares y los coloridos más diferentes. El fenómeno es más amplio del que nos imaginamos y seguramente del que nos dicen las frías estadísticas oficiales.

El segundo de los cambios que observamos se refiere a la configuración del grupo familiar y conyugal. A diferencia de mucho sitios en que a nadie se le pregunta sobre su estado civil y de los documentos de identidad en que ha desparecido tal constancia; los notarios estamos obligados por ley a consignar e indagar sobre el estado civil de nuestros otorgantes. Más de uno pone mala cara cuando es interrogado sobre este extremo; y es rigurosamente cierta aquella anécdota sobre una persona que preguntada sobre su régimen económico-matrimonial declaraba con sinceridad que “una vez cada semana”.

Este campo es uno de los más sugerentes y en el que nos puede ser más útil la información notarial. Y así, junto a los casados, que cada vez son menos; aparecen los que viven en pareja, de uno u otro sexo, los separados y “ajuntados” con terceros, los simplemente divorciados, los que están en trámite, los que viven juntos pero sin relación y viceversa. El universo de posibilidades reales es inmenso y seguramente las estadísticas oficiales no nos facilitan toda la información. También en este punto estamos a años luz de la sociedad de hace una generación.

El tercero de los cambios se refiere a la contratación bancaria y al apalancamiento financiero de las familias. En el tiempo de nuestros padres “hipotecarse” no era una conducta loable. Y, avanzando los años, todavía recuerdo que la primera hipoteca que formalicé era de la persona más pudiente de la localidad, circunstancia que se vivió en ese pequeño pueblo como si se tratara de una prisión por deudas y la inminente ruina del ricachón.

La nueva situación, en la que la mayoría de los ciudadanos se encuentra hipotecados en muchos casos por cantidades superiores al valor de su inmueble, se precipitó con el “descubrimiento” en los años 1994 de un oscuro precepto del Código Civil español que posibilitaba que los particulares pudieran cambiar de entidad financiera mediante un procedimiento de subrogación de acreedor.

A esto se añadió la adopción por parte de muchas familias de un instrumento financiero pensado para los comerciantes y empresarios (“el crédito”), lo que llevaba directamente a una consecuencia perversa: muchas personas que habían pagado gran parte de su vivienda (o incluso toda) volvían a hipotecar su casa para irse a la nieve o de crucero o para cambiar el coche que habían adquirido el año anterior.

Y para rematar el tema, en nada, se pasó del tipo fijo (en que podíamos saber lo que debíamos pagar cada mes) a estar convencidos de la bondad del tipo variable; otro parámetro más propio de las empresas que de los particulares que tienen un sueldo fijo (y como mucho un incremento según el coste de la vida). Y una vez en el tipo variable, jugaron con nosotros de la manera más cruel: “¡ahora te lo bajo, ahora te lo subo¡”

La vorágine de los últimos años, el despelote más exagerado, la escalada irracional de los precios y de los préstamos y créditos, puede verse con sólo mirar los tomos del protocolo de cualquier notario. Y luego ves con tristeza, a continuación, el hundimiento más horroroso, las ampliaciones ridículas del préstamo original (a veces de mil o dos mil euros) sólo para evitar la mora y engañar a las estadísticas, las daciones en pago…Hasta descubrimos algo que habíamos olvidado y es que ser heredero puede significar un valor negativo (porque los bienes de la herencia pueden ser muy inferiores a las deudas).

Nuestro mundo es muy distinto del de hace apenas unos años.

Sólo una anécdota más. Hasta el 31 de diciembre del año pasado los extranjeros que querían adquirir la nacionalidad española podían hacer su juramente o promesa ante el notario elegido (trámite por cierto completamente gratuito). Miles de ciudadanos de otros países acudieron a las notarías en masa para jurar o prometer fidelidad al Rey y a la Constitución española. Muchos de ellos, la mayoría, lo hicieron en esta Cataluña que quiere ser independiente..

Noticias Agibilis

Article source: http://www.diaridetarragona.com/noticia.php?id=18834

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