ene 302014
 

    

“Hecho extraordinario”
La Iglesia Católica es muy prudente y precavida en casos como éste, y prefiere no hablar de “milagro” hasta que se reconozca como tal en la Santa Sede.

El obispo Joaquín María declara para Religión en Libertad: “Hay que advertir que la expresión “Milagro eucarístico” es una tradición popular entre las gentes de Moraleja de Enmedio. No quiero decir que no sea cierto; sino que, de momento, es mejor hablar de “hecho extraordinario”. El protocolo de la Iglesia supone una investigación científica, que implica tanto levantar acta de lo sucedido históricamente como comprobar que las Sagradas Formas no se han corrompido, sin que exista explicación científica para ello”.

¿Cuál es el papel que debe realizar la ciencia química y biológica? El prelado lo explica: “Con los debidos permisos, se hace un análisis químico en un laboratorio para comprobar que sigue siendo pan y, por lo tanto, se da la presencia real de Jesucristo, la presencia Eucarística; así se ha hecho, por ejemplo, con los Corporales de Daroca.

»La biología nos podría aclarar si pudo haber algún factor bioquímico, alguna bacteria, que explicara la extraordinaria conservación. Pero consta que se han dado circunstancias climáticas adversas a las que han estado expuestas las formas y no se han corrompido”.

A Religión en Libertad no le consta que se haya realizado todavía la investigación científica sobre las formas de Moraleja. 

(Bajo estas líneas, el obispo, segundo por la derecha, y el párroco, primero por la izquierda, en su misa de nombramiento en San Millán).

Sí que existen, alrededor de estas formas, multitud de testimonios que apuntan al “prodigio”. Uno de ellos es el del propio obispo de Getafe: “Tanto mi predecesor, monseñor Pérez y Fernández-Golfín, primer obispo de la diócesis, como yo, hemos comprobado, consumiendo algunas formas, que siguen manteniendo las características propias (accidentes) de un pan elaborado recientemente.

»Lo sorprendente es que tanto el pequeño copón donde se encontraban las formas, como el paño que lo cubría han sufrido un deterioro notable. El copón, además, no cierra herméticamente, de modo que no pudo crearse una cámara al vacío, y estuvo escondido durante la Guerra Civil entre unas tejas, expuesto, por tanto, a las inclemencias meteorológicas y a cambios de temperatura. Al no corromperse las Sagradas Formas, creemos, según nos enseña la Iglesia, que permanece la Presencia real de Cristo, y son por tanto el Cuerpo eucarístico de Nuestro Señor”.

Bajo el signo de la persecución religiosa
El actual párroco de San Millán, Jesús María Parra Montes, nos introduce en la historia, que arranca dos días antes de la Guerra Civil. “El 16 de julio de 1936 el párroco de Moraleja celebró la fiesta de la Virgen del Carmen y consagró unas cien formas, de las cuales sobraron unas pocas que guardaron en un coponcito pequeño. El 21 de julio celebró la última misa aquí porque el alcalde le avisó de que venían los milicianos a por él.

»Aquel sacerdote, que se llamaba Clemente Díaz Arévalo, volvió a la iglesia cuando alguien dio la orden de cerrarla. Temía que los bienes que allí se encontraban fueran objeto de profanación o sacrilegio. En el templo quedaron imágenes, retablos, vasos sagrados y ropas de culto. Pero don Clemente recogió el sagrario, donde tenía el Cuerpo de Cristo, y lo llevó consigo”.

(Bajo estas líneas, el altar y el retablo de la parroquia en la actualidad).

En varios escondites
El párroco Jesús María nos facilita un artículo publicado en el semanario Redención el 18 de abril de 1942, firmado por Juan Antonio Cabezas, que se basa en testimonios de testigos presenciales. Según este artículo, “el cura llegó con miedo y con su precioso copón a la casa de Doña Hilaria Sánchez, esposa del secretario municipal”. Allí lo ocultó.

Ocho días después se cambió el escondite y pasó a una bodega de la casa de Isabel Zazo, donde permaneció más de setenta días enterrado a 30 centímetros de profundidad. Por esas fechas el párroco don Clemente ya se hallaba escondido en el cercano monte de Batres, disfrazado de pastor.

A finales de octubre las fuerzas republicanas ordenaron evacuar Moraleja; los vecinos obedecieron. Antes fueron a desenterrar el pequeño copón. Lo encontraron totalmente oxidado, el baño de plata había desaparecido debido a la acción de la humedad. Pero cuál fue su sorpresa al contemplar que las 24 formas estaban como recién hechas, en perfecto estado.

El nuevo escondrijo fue el agujero de una viga del tejado, dentro de la misma casa. Los vecinos entonces abandonaron sus hogares y se retiraron a la finca El Ombú, situada próxima a un arroyo que pasa junto al pueblo.

Con la llegada de las tropas nacionales a la zona, los moralejeños pudieron regresar a sus casas. En seguida entraron en la de Isabel Zazo. Una lámpara de aceite estaba volcada, había trapos cambiados de sitio… Pero el copón continuaba en su sitio con las 24 formas intactas. Estas fueron depositadas en otra habitación de la casa, donde algunas mujeres retomaron las guardias que también habían realizado en anteriores escondrijos.

Quince días más tarde llegaron a Moraleja dos capellanes castrenses de un tercio de requetés (carlistas). Como de la iglesia sólo quedaban las paredes, se habilitó una escuela para decir la primera misa. Informados de la existencia de las formas, los dos sacerdotes las llevaron en procesión desde la casa hasta la escuela.

Comulgaron con dos de ellas, manifestando su extrañeza de que pareciesen como nuevas a los cuatro meses de su consagración. Se quedaron con una tercera forma, razón por la que quedaron 21 de las 24 iniciales. La formas fueron devueltas a la casa también en procesión, y cuando la iglesia se reabrió al culto, se trasladaron en un acto solemne.

En un copón lacrado
“Desde entonces se han conservado las formas en un copón lacrado en el sagrario de la iglesia”, asegura el párroco Jesús María Parra Montes. “Muy de vez en cuando –la última fue hace 4 años pero la anterior en 1978- se abría el copón para ver si seguían en buen estado, y estaban en estado perfecto”.

Con el paso de los años, otras 5 fueron consumidas en la Comunión en diversas ocasiones especiales, por lo que hoy quedan 16.

Respecto a las posibilidades naturales de que se hayan conservado incólumes, el párroco alega: “Es físicamente imposible. Las condiciones en la casa eran pésimas. Había mucha humedad y estaban sin protección. El copón no era hermético. Los techos eran de barro. En pocos meses, si hay humedad y cambios fuertes de temperatura, se pueden deshacer y enmohecer. Y en este pueblo se dan ambas circunstancias”.

Noticias Agibilis

Article source: http://www.religionenlibertad.com/articulo.asp?idarticulo=33519

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