feb 232014
 

En las fronteras abundan las paradojas. Los 8 kilómetros de tierra que comparten Ceuta y Marruecos están recorridos por una doble empalizada rematada por concertinas como navajas, pero en el punto en el que la valla termina sobre el mar, la arena de la playa de El Tarajal permite pasar de un país a otro a pie, sumergiéndose en el Mediterráneo solo hasta la cintura cuando la marea se vacía.

El 6 de febrero, después de que 200 africanos intentaran bordear ese espigón para entrar a España y fueran repelidos por la Guardia Civil con pelotas de goma y gases lacrimógenos, 10 cadáveres quedaron en el lado marroquí de la valla y cinco en el español. Los primeros están siendo identificados por una ONG que recorre las morgues alauíes; los segundos se enterraron en tumbas sin nombre del cementerio cristiano de Ceuta. Conocer sus identidades será imposible hasta que un familiar compare su ADN con las muestras que los Juzgados de Instrucción 1 y 6 de la Ciudad Autónoma ordenaron extraer. Sin embargo, solo a una decena de kilómetros de El Tarajal, en los montes que nacen frente a la ciudad de Fnidq (Castillejos) es fácil encontrar pistas.

“Mi hermano mayor ha muerto”, explica Roméo Nyamsi, de 19 años sin dar su nombre para no preocupar a la familia. “No he tenido aún valor de llamar a mi madre a decírselo. No me han dejado ni reconocer su cadáver. No lo he podido enterrar”. Roméo vive en una cueva de la parte alta de la montaña, a dos horas de camino desde la base, junto a otros 10 cameruneses cristianos. Todos participaron en el intento de cruzar la frontera. Roméo llegó a pisar la orilla española. Dice que allí vio el cadáver de su hermano, pero los guardias lo esposaron y a los cinco minutos le devolvieron a Marruecos sin dejarle ocuparse del cuerpo.

Los cameruneses están reunidos en el interior de su cueva. Cocinan un jabalí que han cazado mediante trampas. La cabeza del animal se asa entre troncos, reseca, amojamada. Desde la gruta se abren unas vistas escalofriantes de los bosques cercanos, por los que se reparte una cincuentena de africanos divididos según nacionalidades y religiones. No saben si algunos de sus camaradas desaparecidos están muertos, porque muchos huyeron de la zona después del enfrentamiento con la Guardia Civil. Cuentan más de 20 desaparecidos. “Muchos han regresado a Tánger o Rabat, donde tienen amigos que les cuidan o pueden encontrar un trabajillo”, explica Steve. Los cameruneses musulmanes han partido hacia Oujda, donde la universidad local les permite residir en sus instalaciones. “Allí hacen su duelo”. También hay heridos en hospitales de Tetuán, aseguran. En homenaje a los que sí saben a ciencia cierta que han fallecido cantan en coro mezclando francés y blassa una canción compuesta por Theodore Landry, músico atormentado del grupo desde que su madre murió hace tres meses: “Quiero entrar en Europa. Entonces tú sonreirás, mamá. ¿Dónde quedaron mis hermanos?”. Theodore actúa de solista y los demás lanzan al aire los nombres de los fallecidos: “Adebayor, Martin, Oncle, Kenzo…”. La atmósfera es de gran misticismo, el humo de jabalí y las partículas de ceniza flotan en el aire. Tocan las palmas. Los hombres relatan el horror de verse rodeados de compañeros patalendo mientras se ahogaban. “Vivimos en un bosque, pero no somos primitivos. No se nos puede matar como a mosquitos”, se queja Steve. “Estuvimos casi media hora en el agua. Cada vez que nos acercábamos a la playa nos mantenían a raya con tiros. Por eso nos alejamos y perdimos pie, y por eso hubo tanta gente que se agotó y se ahogó”.

Mi hermano mayor ha muerto”, explica Roméo Nyamsi, de 19 años. “No me han dejado ni reconocer su cadáver”

Muchos tienen heridas recientes en la cabeza que atribuyen a los porrazos y las pelotas de goma de la Guardia Civil. Theodhore muestra una enorme costra en la cabeza. “Y tuve suerte de que me dieran a mí y no al salvavidas, porque si lo hubieran reventado me habría ahogado. No sé nadar”.

Los inmigrantes que intentan cruzar por la valla son los parias de los parias. Solo el 16% de las entradas clandestinas a España en 2013 (unas 7.550 en total) fueron mediante este sistema, según un reciente estudio de la Asociación Pro-Derechos Humanos de Andalucía (Apdha). En los montes alrededor de Ceuta, los que tienen algo de dinero compran entre varios una lancha neumática por 400 euros e intentan entrar por el mar. Pero Roméo no tiene ahorros. Estudió el primer ciclo de un bachillerato en letras. Dejó su casa y a su madre hace tres años cuando se enteró de que su hermano iba a intentar llegar a Europa. “Aquí no estamos mal. No es como Nador”, dice Steve sobre el monte. “Hay agua en los riachuelos y comida: mendigamos en la carretera o recogemos después del mercado de Castillejos restos de manzanas, tomates…”. Los marroquíes del pueblo son generosos con ellos, aunque reconocen sentir cierto desprecio. “Algunos niños nos tiran piedras”. Las relaciones con la policía tampoco son buenas. “Tenemos que escondernos de ellos. Esta cueva la quemaron la semana pasada”, explica Roméo pasando el índice tiznado por una de las paredes de la caverna. Más tarde un policía de paisano que abordará a los periodistas al bajar de la montaña les confirmará que tienen como misión expulsar a los subsaharianos. “A mí ya me subieron una vez a un autobús y me dejaron en el desierto de Argelia, pero volví a pie”, cuenta Roméo. “Volveremos a intentarlo. Muchos se asustan y regresan a sus casas, pero yo no. Mi hermano mayor ha muerto: no puedo regresar”.

Difícilmente la gestión de la tragedia de El Tarajal podría ser más discutida. Después de que lo negase el director de la Guardia Civil, Arsenio Fernández de Mesa, el delegado del Gobierno en Ceuta, Francisco Antonio González Pérez, reconoció que se empleó material antidisturbios para alejar a los hombres que estaban en el mar, “pero nunca contra las personas”. La expulsión de los inmigrantes que entraron vivos en España puede dar lugar a un cambio de la legislación para avalar esta clase de devoluciones a Marruecos sin las garantías legales hasta ahora exigidas. Con los medios de comunicación la prioridad tampoco ha sido de transparencia: la Delegación de Gobierno en Ceuta y la Guardia Civil rechazaron participar en este reportaje. El martes 18 el Ministerio del Interior recibió una lista de 13 preguntas sobre el funcionamiento de las fronteras y no respondió ninguna. Y la gestión de los cadáveres también ha sido muy contestado entre las asociaciones humanitarias.

Algunos nichos del cementerio de Ceuta, arriba sin lápidas, donde han enterrado a los inmigrantes fallecidos en la frontera. / J.Rojas

Los cinco cuerpos reposan en el cementerio cristiano de Ceuta, levantado sobre una loma de bellos colores frente al bravo mar del estrecho de Gibraltar. Se reparten por nichos dispersos de la galería de Santa Beatriz de Silva: el 158, el 156… Las tumbas están sin marcar y solo la ayuda de un jardinero permite identificarlas. Una trabajadora de la funeraria explica que fue un entierro de beneficencia pagado por el Ayuntamiento, que confirma que abonó 2.400 euros por los cinco sepelios, todos de varones menores de 30 ahogados. Se suman al centenar de inmigrantes sin identificar que se reparten entre los cementerios cristiano y musulmán de Ceuta. Si no se conoce la fe del muerto, se opta por el cristiano. Si los cuerpos no están identificados no se pueden repatriar ni avisar a ninguna embajada. En otros casos dramáticos, como el naufragio en Rota con 37 víctimas en 2003, la Guardia Civil ha tenido un importante papel en la identificación de los muertos. En esta ocasión las circunstancias son distintas y el instituto armado no ha querido informar sobre su implicación en el asunto. “Solo vino a intentar reconocer el cadáver una monjita con una foto que había mandado un familiar de Europa, pero no hubo suerte”, explica la empleada de la funeraria. Junto a la monja asistieron unos cuantos residentes del Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes (CETI) en señal de solidaridad.

“Ha sido un golpe para todos, pero el centro ha seguido funcionando igual”, explica Juan Miguel Blasco, jefe de servicio del CETI, una institución de referencia en la ciudad. Los inmigrantes entran y salen a voluntad y reciben formación profesional. El jueves tenía 547 residentes para una capacidad oficial de 512, pero ha llegado a los 800. Ese mismo día recibieron dos familias sirias y a dos africanos. Pueden entran en España de formas diversas (pasaportes falsos, escondidos en un camión…) pero todos completan el mismo recorrido que hubieran seguido las víctimas de El Tarajal: dirigirse a la policía para que los filie, y luego personarse en el CETI. Oncle, Martin o Kenzo se habrían instalado en uno de sus barracones y habrían esperado el plazo de rigor (de cuatro a seis meses) a que Interior los trasladara a la Península para ingresarlos en un CIE de camino a la teórica expulsión, o en otro centro para descongestionar el ceutí.

Los cinco subsaharianos enterrados en Ceuta solo están identificados con un número. Hay un centenar así

La atención que han recibido los 10 cadáveres que permanecen en Marruecos ha sido muy distinta. Los esfuerzos de una mujer han dado su fruto. Helena Maleno, investigadora de la ONG Caminando fronteras, ha recorrido las morgues de Rincón y Castillejos para identificar los cuerpos. En una conversación telefónica aseguraba que ya ha completado el proceso y se declaraba indignada porque en España las autoridades no hayan emprendido un esfuerzo similar. En los monte marroquíes, Steve confirmó que Maleno los visitó desde Tánger, donde reside, para obtener pistas sobre los muertos.

La presión sobre Ceuta

Ceuta y Melilla viven una situación complicada. Según el ya citado informe de Apdha, concentran casi el 60% de las entradas de inmigrantes en España, aunque esta asociación también matice que la presión es muy relativa teniendo en cuenta que zonas fronterizas como Italia reciben 36.000 inmigrantes al año, cinco veces más que España.

En las calles ceutíes se aprecia la ambivalencia de esta presión, innegable pero relativa. Por ejemplo apenas se ven negros por la calle: solo en las inmediaciones del CETI o algunos aparcacoches. El objetivo reconocido de los africanos es saltar a la Península de camino hacia Europa, nunca quedarse en Ceuta.

El alcalde-presidente de la ciudad, Juan Jesús Vivas (PP), defiende que los ceutíes han enfrentado con madurez su peculiar situación: “La vida en la ciudad no se altera con los picos de inmigración porque forma parte de nuestra esencia. Sabemos que somos la frontera entre dos mundos, y que nacer en un lado o en otro supone tener una esperanza de vida de 82 años o de 52, como es en Malí”. La ciudad nunca ha vivido grandes tensiones, ni siquiera cuando la inmigración dejó de ser exclusivamente marroquí para convertirse en negra, a partir de 1995, cuando un grupo de emigrantes ocupó un fortín la Muralla Real.

Una patrullera de la Guardia Civil vigila la zona de la frontera con Marruecos. / J.Rojas

Vivas pide que la singularidad ceutí sea recompensada con una mirada más generosa, especialmente de la Unión Europea, que limita su inversión a los 527 millones de euros que destina en España a programas de protección de fronteras (notablemente el SIVE para detectar pateras en el mar). La ciudad, con 85.000 habitantes, no quiere desviar más recursos a la atención social de los recién llegados precisamente en un momento en que vive una oleada de paro alarmante, con más de 13.000 desempleados y un aumento de población del 10% en seis años, la mayoría de ellos ceutíes y marroquíes nacionalizados que han salido de la Península al perder su empleo.

“La frontera también necesita inversiones importantes en infraestructuras y tecnología”, expone como ejemplo. No se equivoca. La frontera vive interminables atascos desde que hace unos meses Marruecos comenzó a reformar su zona de paso. El miércoles, entre los 3.000 coches que cruzan al día se mueve un enjambre de porteadores de productos que salen hacia Marruecos del polígono de El Tarajal, trabajadores que cruzan de un lado a otro y buscavidas que presumen de historial delictivo. En los cambios de guardia los contrabandistas intercambian signos con ancianas sepultadas por paquetes de mantas y pañales. A veces las señales no son para ellas, sino para quienes las llevan del brazo, porque entre las porteadoras se pueden ver mujeres ciegas o con muletas. El único requisito es que tengan una espalda para cargar.

En este paso por donde transitan 25.000 personas al día no hay urinarios. Por eso la valla que separa el lado español del tramo de playa llamado zona de nadie está rodeada de hombres que orinan frente a las gaviotas. La arena gris de El Tarajal aparece cubierta de basura. El resultado de la mezcla se podría tomar por la fetidez de la miseria, pero en realidad corresponde al perfume de la prosperidad, porque esta frontera es el motor económico de Ceuta y del norte de Marruecos. Otra paradoja.

La tarde se disuelve perezosa entre hombres con los ojos rojos de beber cerveza que esperan alguna última e improbable oportunidad de negocio. El mar está calmo como un plato, y eso los 550 agentes que defienden el perímetro de la ciudad (400 son guardias civiles) lo toman como el presagio de una avalancha de inmigrantes.

La plataforma sobre la que el 6 de febrero unos guardias civiles avanzaron para disparar sus salvas se interna en el mar como un trampolín rodeado de rocas. La basura se agarra a ellas. Tampones, bolsas de plástico, latas vacías… Hace dos semanas los cuerpos de cinco hombres pasaron junto a esas mismas piedras. En mitad de la batalla política y golpes patrióticos en el pecho, sus cadáveres se enterraron en el más absoluto de los silencios.

 

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Article source: http://politica.elpais.com/politica/2014/02/21/actualidad/1393014132_008735.html

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