ene 282014
 

El bioquímico Óscar Fernández-Capetillo escoge el bar de la urbanización en la que vive para desayunar. “Aquí me pongo por las tardes con el ordenador mientras los niños corren”. Eso no es poco teniendo en cuenta que este investigador del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas (CNIO) tiene cuatro hijos con Matilde Murga, miembro de su equipo.

Capetillo ríe cuando comenta que a sus 39 años acaba de recibir una Consolidator-Grant del Consejo Europeo de Investigación (ERC) para jóvenes científicos. Son dos millones de euros que le permitirán afrontar con tranquilidad el futuro (cinco años, que en el panorama de la investigación española ya es mucho futuro). Ya había recibido otra previa del ERC, y además tiene una Howard Hughes y volvió a España en 2004 (ya con un niño y otro en camino) con una Ramón y Cajal (y otra para su esposa). “Lo bueno de las ERC es que se dan más a la persona que al proyecto. Y eso en ciencia está bien. Yo mismo repaso los objetivos que traje cuando vine al CNIO y no he cumplido ninguno. El trabajo me ha llevado por otros derroteros. A mi equipo le digo que se dedique a las fishing expeditions [expediciones de pesca; habla mezclando expresiones inglesas, fruto de sus tres años en EE UU y el trabajo en un centro internacional]. Si sale algo nuevo, bien; y si no, hay que volver a buscar. En ciencia todavía está todo por conocer. Es fácil encontrar algo que nadie haya visto. Decir que ya se tienen todas las respuestas es como muy vasco”, comenta riéndose de sí mismo, que nació en Bilbao.

El científico del CNIO ha recibido dos millones de la UE para investigar

Califica esa forma de trabajar de “caótica”, aunque cuesta aplicarle el adjetivo. Desde la elección de dónde vivir (cerca de los colegios y guarderías que necesita y a un minuto del CNIO) hasta su rutina diaria (él es el morning man, dice, el mañanero que se encarga de los niños cuando se levantan), todo denota organización.

Su laboratorio trabaja en algo que suena complejo —estrés replicativo—, aunque Capetillo lo describe con sencillez: “Cuando se dividen, las células incorporan errores en su ADN. Como las células cancerosas se dividen mucho, acumulan muchos errores. Si conseguimos inhibir los procesos de reparación, estallan”. En la práctica esto ha llevado a su equipo a licenciar dos moléculas (posibles futuros fármacos) con Merck. “Si funcionan, las ganancias para el CNIO le permitirían comprarse el Instituto de Salud Carlos III”, bromea.

Todos estos proyectos presentes y futuros le obligan a dedicar mucho tiempo a la gestión. “Lo odio”, dice sin ambages. “Me siento como Nadal, todo el día devolviendo bolas, que si un salario, que si una fecha de entrega. Al final se me pasa el día, cuando yo soy un científico básico, que lo que me gusta es estar con mis células”.

En este momento, pensar en tiempo libre es casi una utopía. Y hacer planes, complicado. “Los científicos somos exploradores. A veces llegan propuestas que te doblan el sueldo, que te ofrecen el oro y el moro”, pero hay otras cosas, como la calidad de vida, que hacen muy difícil aceptar, admite. Aunque si no llegan las siguientes ayudas, “habrá que planteárselo”.

Eso sí, su buen momento no le impide ver lo que pasa a su alrededor. Por eso insiste en que “el drama absoluto es la falta de oportunidades para la gente joven que no puede formar un grupo propio”. “Soy un privilegiado, pero a veces pienso que en mi campo hay mucha gente trabajando y a lo mejor tengo que ir a otro sitio”, dice. Aunque sea con una familia de seis.

Noticias Agibilis

Article source: http://sociedad.elpais.com/sociedad/2014/01/27/actualidad/1390842572_733467.html

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