mar 292014
 

Una delgada línea de bronce divide artificialmente la Tierra entre este y oeste. Estamos en el meridiano de Greenwich, y si seguimos la línea hacia el sur cruzaremos el canal de la Mancha, atravesaremos Francia y entraremos en España por los Pirineos, a la altura del Monte Perdido, para dejar a un lado Cataluña y parte de Aragón y atravesar Castellón hasta llegar a las playas de Denia y Altea.

Aunque la mayor parte de este país queda a este otro lado del “primer meridiano”, el que le corresponde a Inglaterra y Portugal, a principios de los años cuarenta se decidió alinear nuestro horario con el otro lado, el continental, con los resultados que todos sabemos (la “culpa” no es sólo de Franco, antes que él lo habían hecho ya los gobiernos de Alfonso III y de la Segunda República).

El caso es que los españoles vamos ya con una hora de adelanto, por eso tal vez lo hacemos todo más tarde que los europeos. Y eso se traduce en menos horas de sueño, menos salud, menos productividad y más dificultades para conciliar la vida familiar y el trabajo.

A esas conclusiones provisionales ha llegado el Centro de Investigación del Uso del Tiempo de Oxford (CTUR), que está realizando un estudio sobre las implicaciones e impacto de un cambio en el horario laboral español. José María Fernández-Creuhet forma parte de ese equipo y quiere aprovechar precisamente la fecha emblemática del 30 de marzo para subsanar el error histórico y reiterar los beneficios de nuestro “alineamiento” con Greenwich.

“Si no adelantásemos nuestros relojes, acercaríamos nuestra hora oficial a la solar”, rercuerda Fernández-Crehuet. “Y eso facilitaría sin duda modificar algunos de nuestros hábitos y mejorar nuestra calidad de vida“.

Un horario más ‘europeo’

Nos despertaríamos a la misma hora, pero ganaríamos seguramente una hora de sueño. Desayunaríamos a la “europea”, sin necesidad de hacer un parón para el aperitivo a las once o doce. Comeríamos no más tarde de la una, volveríamos a nuestros puestos a las dos y saldríamos del trabajo a las seis de la tarde. El “prime time” televisivo se adelantaría también una hora, y todos nos iríamos antes la cama.

Sostiene el experto en usos del tiempo que los beneficios del ahorro energético del cambio horario no es tan grande como el que se le adjudica (5%) y recalca que en cualquier caso España va ya con el reloj adelantado.

“La vuelta al huso horario del meridiano de Greenwich, que es el que nos corresponde, beneficiaría a nuestra economía y a la vida cotidiana. Y al mismo tiempo acercaría nuestros horarios a los del resto de Europa. Hasta los turistas agradecerían el cambio y se sentirían menos sorprendidos por nuestro desordenado estilo de vida”.

Pero el cambio horario no hay ya quien lo evite. Contra el adelanto de la manecillas se rebelarán el domingo al mediodía, en la Puerta del Sol, un puñado de ciudadanos en el así llamado Día de los Horarios. Convoca la Comisión Nacionalización para la Racionalización de los Horarios, y la reivindicación es esencialmente la misma: alinearnos finalmente con el Meridiano de Greenwich y poner fin a ese desajuste que dura ya más de 70 años.

Aunque el catalán Pedro Pinilla, que pasaba estos días por Londres y decidió dejarse caer por el Observatorio de Greenwich, no acaba de ver los beneficios de dejar el reloj tal cual: “Yo creo que a todos nos gusta tener más luz durante el día y que tiene sentido adelantar los relojes, ya sea aquí como en España”.

El factor político

La madrileña Laura Estévez, 32 años, que lleva un año viviendo en Londres y ha traído a sus padres para hacerse la foto de turno junto al indicador metálico, admite sentirse entre la espada y la pared: “Me parece que en Inglaterra tenemos horarios más racionales, pero lo cierto es que España las tardes se estiran más y hacemos todo con menos prisa. Yo ya me he acostumbrado a esto y me va bien. Tal vez mejoren la cosas en España si nos alineamos con Greenwich, no sé”.

En octubre se cumplen por cierto los 130 años de la Conferencia Internacional del Meridiano que oficializó la aceptación mundial del “primer meridiano” británico, con la oposición de Santo Domingo (actualmente República Dominicana) y las abstenciones de Brasil y Francia, que siguió durante unos años orientándose con el meridiano de París (aunque no tardó en claudicar). En España funcionó hasta ese momento el meridiano de Cádiz, y antes incluso el de Toledo y el de Hierro, que orientó durante décadas a los navegadores.

A diferencia de la latitud, determinada inapelablemente por la línea del ecuador, la determinación de la longitud creó durante siglos graves quebraderos de cabeza a los astrónomos y los geógrafos. La elección arbitraria del “primer meridiano” tuvo por supuesto una dimensión política y supuso la aceptación tácita del dominio de Gran Bretaña en los océanos. Hasta Estados Unidos, potencia emergente en aquellos momentos, había decidido renunciar ya al meridiano de Washington y alinearse con Greenwich, que llevaba orientando a los navegadores británicos desde el siglo XVIII.

Haciendo equilibrios, la californiana Linda Harding, 19 años, recorre la línea de bronce que separa imaginariamente el este y el oeste, hasta detenerse en el punto que marca la latitud de Nueva York. “Allí son ahora cinco horas menos”, recuerda, con Londres al fondo y en plena encrucijada del tiempo. “Siempre me ha intrigado esto de los husos horarios, y siempre he querido saber quién decide que aquí es una hora y allí otra. Al fin y al cabo, los humanos hemos convertido el tiempo en una herramienta de control“.

Noticias Agibilis

Article source: http://www.elmundo.es/ciencia/2014/03/28/5335c035ca474159338b457e.html

Share

Sorry, the comment form is closed at this time.