feb 152014
 

MADRID. Podríamos decir que hubo un tiempo en que la televisión estaba llena de batas blancas de médicos. Programas matutinos con consulta telefónica sobre juanetes y variantes, ficción nocturna de hospitales con pediatras cachondos y enfermeras que se cortan las venas por amor, y documentales de La2 sobre adelantos científicos en el campo de la medicina que, normalmente, tienen lugar en otros países, pues aquí nuestras elites han dirigido y centrado la investigación sólo en el campo de la ginecología en la hostelería de alto standing.

Sin embargo, en la actualidad las batas blancas de médicos han dado paso a los delantales también blancos de cocineros, y raro es no prender la tele y darse de bruces con uno. Cocineros chistosos en los programas matinales, realities y concursos amañados de cocina por las noches, y documentales de La2 sobre curiosidades del mundo culinario. Es en este último punto donde nos detendremos hoy.

El sábado pasado, La2 recicló el documental ‘En las cocinas del Kremlin’ a las ocho de la tarde. Lo vieron 346.000 almas. Ya lo habían echado el año pasado y antes, lo emitió Canal +, pero en cualquier caso el reportaje es bastante más entretenido que los concursos de superación y competitividad al límite con la frente perlada y el ‘Final Countdown’ de banda sonora.

Trata de la experiencia del chef francés Jerôme Rigaud, ex jefe de cocina ni más ni menos que del Kremlin. Sus condiciones laborales eran muy de la época postsoviética. Dormía cinco horas al día y a veces, dijo, prefería no comer -“Ya comeré mañana”- para poder dormir un poco más. Y Vacaciones, diez días en tres años. Todo perfectamente postsoviético, como decimos, de no ser por el sueldo, que tendría que rondar los cuatro ceros, pues para alquilar un piso de 90 metros cuadrados en Moscú como tenía hay que moverse en esa franja salarial.

De esta manera, Jerôme iba por los pasillos de palacio mostrando la belleza y lujo del lugar con unas ojeras y una cara de “por favor, matadme” que llegaba hasta el suelo. Su trabajo no sólo consistía en ser el jefe de cocina, también tenía que, por ejemplo, pesar todos los ingredientes que se empleasen para evitar que nadie distrajera nada. El tío explicaba este protocolo con un puñado de espárragos. Tiene que ser trepidante, escapar del Kremlin con un espárrago escondido. Pero el caso es que el tío estaba estresado.

Cocinar cada mañana para los mandatarios de todo el mundo que visitaban al presidente ruso, en esta época Dimitri Mendeleiev, consistía en recibir un fax con los gustos y apetencias del mandatario invitado, luego él escribía una propuesta y se la pasaba al jefe de protocolo que a su vez se la daba al presidente ruso, que era el último en dar la aprobación. Para abundar más en las trabas burocráticas, también había una doctora que velaba por la seguridad. Lo gracioso es que, siendo doctora, no analizase los alimentos, sino que los probaba. Catorce años de carrera para catar comida envenenada en banquetes ‘a pecho descubierto’.

Lo mejor del documental, por supuesto, fueron las analogías con la época soviética. Un cocinero que llevaba ahí toda la vida, preguntado por las artes de su jefe francés, contestó: “bueno, antes en tiempos de la URSS, en esta cocina hacíamos osos enteros y ahora…” Y se callaba poniendo cara de pitopausia el pobre.

Más adelante, comentan alegremente que Nikita Kruschev organizaba cenas para miles de comensales con las mesas llenas a rebosar. Lo que contrastaba, dice el documental, con la pobreza de la población que sufría graves carencias. Igual lo más lejos de la intención de los narradores es hacer honor a la verdad, pero sí que habría que citar que en Rusia es costumbre recibir a los invitados con las mesas que no se ve el mantel. Es una tradición, el horro vacui culinario, que nada tiene que ver con las desigualdades. 

Por lo demás, el interés gastronómico del vídeo pasa por maravillas como los espumosos rusos, parecidos al champagne, el Abrau-Durso, cuyas bodegas están al sur de Rusia, a orillas del Mar Negro. Para evitar que no se les congelen las viñas, utilizan unas piedras con arcilla que almacenan calor durante le día y se lo transmiten a la uva por la noche. Investigando un poco, vemos que en la época comunista a estos espumosos se les denominaba el Champán del Pueblo

“Durante la época soviética de 1922 a 1991 el vino espumoso de Abrau-Durso y de más de 30 otras fábricas de vino espumoso en toda Rusia era conocido como ‘Champán Soviético’ o ‘Champán para el pueblo’. A comienzos de los años 1950 Stalin dispuso que para cada ciudadano soviético, en aquel entonces 240 millones, se produjera una botella de vino espumoso por año”.  (Interempresas.net)

Más adelante, otra joyita. El cangrejo de Sajalín, que tiene más de un metro de envergadura. Parecen la madre de Alien, el Octavo pasajero. Cuesta 80 euros el kilo, por algunos se pagan más de mil euros. En el documental ponen un buey de mar a su lado parece un bichobola.

Al final, Jerôme invita a cocineros de otros presidentes a darse un homenaje en Moscú. Parecen como un grupo de superhéroes de la cocina, el chef de Berlusconi, el de Sarkozy…. Y llama la atención que la cocinera de Obama se dé un aire a su mujer. Detallito.

Así hasta que, cuando más nos compadecemos de este chico, que está rodeado de manjares, pero que vive solo con dos gatos y no hace otra cosa que trabajar, es decir, cuando muestran el verdadero precio de la alta cocina, cortan el documental diciendo que en cuanto acabó la legislatura de Mendeléiev, se fue a buscar otras metas en su vida.

Mientras tanto, en TVE1 hicieron hace poco un macrocasting en Barcelona al que presentaron 500 candidatos para participar en el nuevo Masterchef, el ‘Junior’, con pobres menores, acabó el mes pasado. Hace dos semanas, Antena 3 lanzó ‘Top Chef’, la revista. Y Chicote sigue con lo suyo en La Sexta. En su último programa le espetó a una cocinera llamada Teresa: “¿Cuéntame, monina, dónde vas a ir a buscar un trabajo con tu experiencia, con qué te puedes avalar, con nada, porque todo lo que has tocado lo has jodido?”. Y esto no es  nada comparado con los vídeos inéditos de ese programa que se cuelgan en la web. Ahí ya le espetó al telenauta: “estas manitas de cerdo… parece que ha vomitado un perro en mi plato”.

Así que, de momento, nos quedamos con el documental de La2, con las exquisiteces de un francés en la ‘corte’ rusa, antes que con la bulla y charlotada made in Spain, aunque sólo sea para variar.

Noticias Agibilis

Article source: http://www.valenciaplaza.com/ver/120680/la-pasion-en-espa%C3%B1a-por-la-cocina-televisada-lleva-a-la-2-hasta-el-kremlin.html

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