feb 192014
 

La actual impugnación de las instituciones políticas españolas por el secesionismo catalán nunca ha pretendido llevar adelante la revisión del itinerario de nuestra democracia.

Ni siquiera se plantea la singularidad cultural de Cataluña ni, por tanto, la defensa de la diversidad constitutiva de nuestra nación.

Lo que se impugna, ahora, es la voluntad de integración de todos los ciudadanos en un marco de derechos fundamentales, la constitución de 1978, cuya aceptación abrumadoramente mayoritaria expresaba, además de un espacio jurídico, una conciencia de comunidad nacional, y una realidad histórica que deseaba continuarse en el futuro.

El nacionalismo es, ahora y aquí, una voluntad de secesión, de ruptura de un bien de todos, que insulta a la inteligencia de los ciudadanos, al saber de nuestras instituciones académicas, a la experiencia social y responsabilidad cívica de nuestro pueblo.

El separatismo fabrica su propia tradición sin preocuparle la manipulación de la historia ni tampoco el ataque al sentimiento de los españoles de compartir una experiencia común y un proyecto colectivo.

La propaganda secesionista catalana ha cruzado una línea más en el despropósito de sus usurpaciones. Ha pretendido alzarse como pueblo derrotado en la guerra civil, ha intentado hacer de España una construcción retórica del franquismo, ha procurado basar su reivindicación separatista en el deseo de apartarse de un prolongado cautiverio cuya última expresión fue una dictadura militar.

Al encuentro de esa vileza sale la dignidad de los vencidos, la causa de quienes combatieron por la República, el orgullo nacional de quienes siempre dijeron luchar por España.

De quienes murieron y de quienes en las ásperas sombras del exilio sostuvieron la luz de un sentimiento patriótico que algún día debería encontrar el camino de la reconciliación.

Lejos de lo que había sido la tierra en la que forjaron sus carreras académicas, en uno y otro extremo del continente americano, Sánchez Albornoz y Américo Castro impulsaron un debate sobre la formación histórica de España.

Con actitudes distintas, con métodos que correspondían a disciplinas diferentes, establecieron las bases de la disputa intelectual más importante, desatada en los años cincuenta del pasado siglo, sobre la naturaleza del proceso creador de nuestra nación y sobre la toma de conciencia que había de acompañarlo.

Américo Castro publicó en 1948 España en su historia, reeditada con modificaciones sucesivas bajo el título de La realidad histórica de España.

Su meditación sobre el problema de España, la génesis de una identidad y vivencia conflictivas, tuvo un enorme impacto en una nación que se interrogaba, desde hacía años, sobre su carácter. Rechazó el hallazgo de un sentimiento de españolidad en los primeros pobladores de la península.

Denunció una historiografía esencialista, que trataba de explicar España desde el determinismo territorial, la pulsión biológica o la pintoresca psicología de sus habitantes. España era una formulación política, fruto de la difícil convivencia de cristianos, musulmanes y judíos, de un mestizaje cultural que tomaría la forma de nación antes de que despuntaran los albores de la modernidad. España era el resultado de un empeño singular, que la apartó de las condiciones de evolución histórica de otras naciones europeas y le dio su irrevocable consistencia.

Claudio Sánchez Albornoz respondió a estas reflexiones en España, un enigma histórico, argumentando que las propuestas de Castro respondían a la visión de un filólogo poco familiarizado con el examen de los documentos necesarios para dar calidad científica a la tarea de los historiadores.

Confesó sentirse movido por una grave responsabilidad intelectual, que le obligaba a “verificar una conciencia nacional común” analizando honesta y rigurosamente nuestro pasado.

El antiguo ministro republicano defendió la existencia de una España intuida ya en los años iniciales de la antigüedad, esbozada en la cultura hispanorromana, prolongada en la época visigótica y que habría de culminar en la Reconquista.

España era una experiencia histórica singular, que quizás había carecido, en el agotamiento de su decadencia, de los recursos técnicos y la investigación científica que aportaron otros países occidentales, pero sin cuya enérgica contribución espiritual, forjada en los valores del cristianismo, Europa no podría entenderse.

La voz de estos dos hombres vencidos en la amarga contienda fratricida da consistencia a una idea, a un sentido de España y ofrece las razones sobre las que un sentimiento podía proyectarse.

En el mismo corazón del exilio, España fue reivindicada por intelectuales eminentes, por inteligencias privilegiadas. Dieron fe de nuestra patria aunque sus diferencias fueran importantes y llegaran a formularse con argumentos antagónicos acerca del río de la historia que llevó a los españoles a constituirse en una nación.

En los ámbitos académicos del país, otras personalidades egregias, faros de pensamiento y de paciente labor investigadora como Ramón Menéndez Pidal, continuaron sus viejos esfuerzos por ofrecernos ese pasado propio, común, singular y universal, en el que pudiera adquirirse la conciencia de una nación irrevocable.

Lo que unió a quienes se quedaron y a quienes habitaron las penosas estancias del exilio, fue dedicar sus más que notables aptitudes al objetivo de preservar la vigencia de España, la realidad histórica de una gran nación.

No podrán mancillar esta inmensa y digna tarea, llevada a cabo en tan angustiosas, circunstancias, ni los ensueños milenaristas de los falsificadores, ni las vergonzosas servidumbres de algunos pseudointelectuales, ni las alucinaciones populistas de quienes pretenden poner España a oscuras.

Pensamientos sobre España desde el exilio

Américo Castro

  • “Mil años de vida esperanzada, angustiada y, a sus horas, gloriosa, no pueden ser sentidas como sinónimo de fracaso ni como inexistentes, según han pretendido algunos ingenuos partidarios del ‘borrón y cuenta nueva'”
  • Comenzaron a vivir socialmente como españoles quienes se dieron a sí mismos ese nombre, en el siglo XIII. La españolidad es una dimensión de conciencia colectiva. La vida de los españoles ha sido única; para mí, espléndidamente única.”

Claudio Sánchez Albornoz

  • “Nuestra auténtica historia no es, como algunos creen, un error gigantesco. Nuestra historia no desmerecerá mañana de la que habrán hecho y escrito otras naciones de Occidente. Es dudoso que ninguna pueda presentar una más limpia y desinteresada hoja de servicios.”
  • “Cataluña ha dado a la comunidad nacional española de que forma parte el imperio mediterráneo, grandes figuras humanas, ideas y ejemplos magníficos. España es tan obra suya como de los otros muchos grupos históricos peninsulares, sus hermanos por la sangre y sus iguales en derecho. “

 

 

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Article source: http://www.periodistadigital.com/ciencia/educacion/2014/02/18/espana-una-realidad-historica-tambien-en-el-corazon-del-exilio.shtml

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