feb 022014
 

Cuatriciclos. Celulares inteligentes. Cuentas en las redes sociales. Pirotecnia. Cada vez son más los chicos que aspiran a consumos propios de adultos -algunos expresamente prohibidos para ellos- a pesar de los peligros que pueden entrañar. Y cuyas aspiraciones se convierten en realidad a partir de las dificultades de los padres para ponerles límites.

Es un fenómeno que se extiende sobre todo en los estratos medios y que esta semana volvió a ubicarse en el centro de la atención pública a partir de la muerte de un nene de 10 años, en Pinamar, accidentado cuando viajaba en un cuatriciclo conducido por su primo de 15. Este hecho, sumado a que en lo que va de la temporada en la zona de Pinamar conocida como La Frontera fueron detectados 814 menores de 16 años conduciendo cuatriciclos obtenidos a través de un familiar directo (la normativa vigente dispone que la actividad sólo puede hacerse a partir de esa edad) llevó a funcionarios de distintas áreas a pedir la colaboración de los padres para evitar la reiteración de este tipo de episodios.

El jefe del departamento de Seguridad Vial del Centro de Experimentación y Seguridad Vial (Cesvi), Gustavo Brambati, llamó la atención sobre los “riesgos” de considerar un cuatriciclo “como un juguete” e hizo hincapié en la gran experiencia requerida para conducir estos vehículos “por su gran inestabilidad y las características del terreno”, mientras el ministro del Interior y Transporte Florencio Randazzo pidió que los padres actúen “con responsabilidad”: “No podemos poner un agente de la Agencia Nacional de Seguridad Vial (ANSV) al lado de cada padre”, sostuvo.

Los accidentes de menores al mando de cuatriciclos no son nuevos en Pinamar. Por el contrario, según referentes sanitarios de la zona, son habituales y desde hace mucho tiempo. Dos casos bastan para ilustrar esta tendencia. El año pasado, un nene de 11 años que manejaba un cuatriciclo quedó en estado de coma tras chocar frontalmente con otro de estos vehículos. Como acompañante del menor accidentado viajaba su propio padre, que salió ileso. Con anterioridad, otro accidente había conmovido a esa localidad balnearia, cuando un chico de 6 años que manejaba un cuatriciclo atropelló a otro de cuatro que jugaba en la arena.

Pero estos vehículos están lejos de ser el único elemento que preocupa a los expertos, que notan que los chicos se acercan de manera cada vez más precoz a otros consumos típicos de los adultos, que muchas veces les están vedados. Uno de ellos es el de las redes sociales. Aún cuando las más populares (como Facebook) disponen que la edad mínima de los usuarios debe ser de trece años, numerosos menores de esa edad crean sus perfiles, muchas veces con el aval e incluso la ayuda de sus padres. Esta tendencia -que crece con el uso de los teléfonos inteligentes conectados a Internet, también frecuentemente utilizados por chicos- se agrava a la luz de los datos manejados por la ONG Alerta Vida que indican que siete de cada diez chicos sufrieron algún caso de acoso virtual en las redes sociales.

A esto se suman otros problemas, como el uso de pirotecnia por parte de chicos. Aunque en franco descenso en los últimos tres años, este factor provocó durante las celebraciones del ultimo año nuevo, 136 heridos. De los 25 atendidos en el Hospital de Quemados de Buenos Aires en esa festividad y por ese tipo de accidentes, 16 fueron niños.

La mirada de los especialistas, tales como psicólogos especializados en familia y antropólogos, destaca detrás de este problema dos aspectos centrales.

El primero, el peso de una cultura hiperconsumista que reserva a los chicos un lugar cada vez más destacado. El segundo, la dificultad -que no es nueva, pero que en los últimos años se profundizó- que encuentran padres y abuelos para poner límites.

filiarcado

El primer aspecto se puede analizar a partir de datos objetivos. En algunos países, especialistas en marketing hablan de “filiarcado” para referirse al creciente peso de los chicos en la decisión de los consumos familiares. A partir de el estudio de esta tendencia en los últimos años el marketing infantil tuvo un intenso desarrollo.

Algunos datos manejados en España por caso, indican que, en la actualidad, los chicos comienzan a pedir artículos de consumo a partir de los dos años. Y no sólo los dirigidos al público infantil: se estima que el 70% de los chicos menores de 14 años incide en la compra del auto familiar y son principales decisores en materia de compra de tecnología en las familias.

Cuando la insistencia es mucha se inscribe en lo que en Estados Unidos denominan el pester power (el “poder del fastidio” o el efecto “mamá comprame”). A partir de estas tendencias más y más marcas hacen objeto de sus campañas a los chicos.

“Vivimos en una sociedad hiperconsumista, donde los chicos tienen un creciente poder en la decisión de compra de las familias y las marcas los convierten en blanco de su publicidad. En este marco, se desdibujan los límites y los chicos no sólo pretenden consumir cosas de adultos, sino que generalmente lo logran”, dice Pedro Bugani, psicólogo clínico platense y fundador de la primera Escuela para Padres que funcionó en nuestra ciudad.

Gran parte del problema radica en la dificultad de los padres para decir no: “el nene pide un celular inteligente que vale alrededor de 3.000 pesos porque lo ve en la televisión o porque lo usa su grupo de pares. Pero para él es un juguete, un aparato que no necesita y que no va a aprovechar. Con todo, el padre se lo compra como una forma de sacarse el problema de encima. Sobre todo por falta de tiempo y porque no tiene ganas de dedicar el poco tiempo que tiene a discutir y dar razones. Entonces accede. También lo hace por no frustrar los deseos del chico ni aislarlo de su grupo de pares. El problema es que a veces esa decisión se convierte en un bumerán, cuando el nene usa el celular para entrar a las redes sociales sin control o un cuatriciclo para manejarlo solo y sin casco”.

Para el antropólogo platense Héctor Lahitte, en tanto. en el fenómeno pesa “un intercambio de roles muy marcados, que se produce desde hace tiempo, en el que los chicos hacen cosas de grandes y los grandes se comportan como chicos. En este contexto sucede que el padre, que tiene que poner los límites, no los tiene claros. Y esto sucede sobre todo con las cosas nuevas que aparecen en el mercado, como los cuatriciclos o las nuevas tecnologías. El padre descubre su potencial peligroso cuando ocurre la tragedia, pero no lo ve antes, porque lo desconoce. A eso hay que sumarle que el gusto por la adrenalina, antes propio del adolescente, hoy se percibe mucho más precozmente en los chicos.

Noticias Agibilis

Article source: http://www.quilmespresente.com/notas.aspx?idn=520841&ffo=20140202

Share

Sorry, the comment form is closed at this time.